
Han pasado casi 18 años desde que nos conocimos y este cumplimos los 15 de habernos graduado. A veces parece que el tiempo no pasa cuando de cariño se trata.
Ahí sigue cada cual con su vida, con su trabajo, con sus parejas (más casados que ennoviados; algunos solteros y otros vueltos a la soltería desde algún matrimonio fallido).
Algunos tienen más de un hijo, otros nos hemos escabullido de la partenidad. La mayoría ha engordado --mucho, poco, casi nada--, más delgaditos es difícil encontrar. Sí se encuentran los pelones, las greñas por brete o por alopecia han pasado al pasado (bueno, yo aunque con mis entradotas, mantengo la rebeldía en mis colochos).
A pesar de las dificultades para reunirnos, cada año más presentes, estamos los infaltables, los "huevo duro" que nos resistimos a pensar que, con los años, cada quien hace su camino y en él no hay espacio para recuerdos pueriles.
Mucho de lo que somos, para bien o para mal, proviene de ese grupo de chamacos llenos de sueños y faltos de plata que un día se conoció a la entrada del único
colegio cuyo patio de juegos colinda con las celdas de una cárcel.
A los primeros tanteos sabemos que aquel está triste porque se divorció, o que tal otra está buscando brete porque su negocito quebró. También nos enteramos que el eterno estudiante al fin se graduó o que al otro nadie lo volvió a ver.
Son momentos inevitables de esa incómoda actualización que sentimos como requisito hacer. Es decir, decir lo que somos hoy ante quien fuimos ayer. Confrontar el éxito o el fracaso con quienes una vez compartimos proyectos, quimeras y, por qué no decirlo, también incertidumbres.
Pasado ese rato, mientras preparamos boquitas, servimos tragos y conversamos, vamos retornando. Un año, dos, cinco, quince, dieciocho. Volvemos a ser chiquillos. Nos da por "chingar", por vacilar, por pensar que el tiempo no ha pasado. Es cuando más sinceros somos, cuando más valemos, al menos para esos fulanos que una vez estuvieron con uno de 7 a 5 y más allá.
Dieciocho años han pasado desde que nos conocimos, pero el cariño que nos tenemos parece no darse cuenta del paso del tiempo. Es una fortuna.